Nunca entendí el afán de los demás de condenarme a su suerte,
de intentar controlar mis sentimientos y mis emociones.
Es cierto que tampoco nunca me ha interesado conocer sus motivos.
He de admitir que no hablo de prejuicios
y que siempre tengo algo que decir –excepto cuando callo– a pesar de que muchas veces mis palabras no sean bien recibidas.
Amo
los momentos cortos y sutiles,
las sonrisas fáciles y sinceras,
las miradas profundas...
seguramente porque es lo más parecido que he conocido a una promesa.
El paraíso está en cada cachito de cielo que me regalan de esa manera sencilla y, aun que a veces austeramente, les cuesta piel y pellejo entregarme gratuitamente.