martes, 14 de septiembre de 2010

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Paseo demasiado a menudo entre los muebles de mi azotea, quitándole el polvo a aquellos pensamientos que hacía mucho no pululaban libres, vivitos y coleando, llenándolo todo de tonos grises, azules y verdes.

Ahora mismo no sé muy bien si me arrepiento o no de las decisiones que he ido tomando a lo largo de estos dos últimos meses y estoy tan poco convencida de lo que pienso y de lo que siento que deduzco que Setiembre es una tormenta en medio del océano cuya capacidad de destrucción supera mis expectativas y desorienta totalmente mis ya de por sí alelados sentidos.
Detesto sentirme como un interrogante gigante, esperando algún tipo de respuesta que se supone debo encontrar en mí misma y con tan pocas ganas de ponerme a buscar que creo es mejor sentarme a esperar que el viento me susurre algunas palabras bonitas como las que le susurraba Robert Redford a los caballos para volver a recuperar la ilusión que servía de motor a todo mi cuerpo, como la gasolina a los coches o la coca a cualquier cocainómano que diga serlo.

Dentro de dos días volveré a desear que el tiempo se pare y me dé la paz y tranquilidad que el vaso de Ballantines-Cola no consigue trasmitirme. Supongo que «nunca más» es una afirmación a la que no tengo el gusto de acudir... Al menos, de momento.

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